by Rafael Vargas-Hidalgo
La crisis energética ha generado cierto apuro en la búsqueda de soluciones. La energía nuclear sería la solución de todos los males de nuestro país y del mundo si se hubiera logrado la fusión nuclear. Según el Premio Nobel italiano Carlo Rubbia, no es ilusorio lograr este proceso en el mediano plazo, lo que permitiría un suministro limpio y casi desprovisto de residuos. Pero los reactores nucleares en uso hoy son todos de fisión nuclear: generan toneladas de material radiactivo destinado a mantener su peligrosidad por miles y quizá millones de años, produciendo un daño al planeta de colosales dimensiones. Hubiera sido errado embarcarse en el pasado en un proyecto nuclear y más aún hoy: los años de su proyectación, construcción y comercialización coincidirían con la vigencia de fuentes de energía renovables.
Se debe pensar en diversas situaciones ante un accidente nuclear. No son sólo las muertes y dramáticas enfermedades (como las que aún sufren los niños que nacen cerca de Chernobyl), sino en consecuencias económicas que se deben evaluar. Desde luego, crecerían los costos de prevención, dotación médica y sanitaria y de controles de seguridad. Tratándose de un factor tan peligroso como la radiactividad, se está hablando de implementos y sistemas muy costosos. En caso de un accidente, el fisco podría tener que invertir grandes sumas por indemizaciones, pensiones de invalidez, saneamiento de terrenos contaminados. Ni el país más avanzado puede impedir esos accidentes, como lo demuestra lo ocurrido en 1979 en Three Mile Island, EEUU.
Los chilenos deben ser responsables con quienes están por nacer. No es posible transmitir a las próximas generaciones el peso de tener en su país material radiactivo que puede producirles singulares e insanables enfermedades. ¿Y qué haríamos con el material radiactivo de las centrales nucleares? Francia, Inglaterra, Japón y Estados Unidos literalmente no saben qué hacer con los desperdicios. París decidió enterrar el material. Al menos no se ve y se evita que vaya en trenes y buques por el mundo (Japón envía parte de su mil toneladas anuales a Francia e Inglaterra). Pero el hecho de que no se vea ni se transporte, no significa que el problema esté resuelto. Sólo se traspasa su solución a las generaciones venideras.
Aun cuando a nivel internacional se impone la política de entierro, esto no sería aconsejable para Chile, por su geología y el riesgo de terremotos. Si se construyera en Chile una planta, quisiera saber qué municipio o región estaría dispuesta a recibir el desecho. Antes de proponerse la construcción, la ciudadanía tiene el derecho de saber qué se pretende hacer con el desperdicio. Incluso una nación como Suecia no logra poner de acuerdo a sus ciudadanos sobre dónde colocar el material: sólo en 2008 propondrá una solución. Y si el país decidiera enterrar esta basura, ¿existe conciencia de qué tipo de trabajo requiere un depósito subterráneo? Finlandia necesita quince años para construir uno (en Olkiluoto, golfo de Bothnia) y si no hubiera contado con la ayuda sueca, sería necesario mucho más tiempo. En 1957, EEUU decidió enterrar la basura en Yuca Mountain (Nevada). Pero ha sido objeto de tal controversia que sólo en 2017 comenzará a recibir el material.
Es tan delicada la decisión de usar energía nuclear que en EEUU transcurrieron 30 años hasta que en agosto pasado se aprobó la construcción de una nueva planta. A corto plazo una sola de ellas no tiene provecho para el problema energético. La Watts Bar Nuclear Plant (Tennessee) empezó a construirse en 1973, pero logró su operación comercial completa en 1996. Una vez construida una central, si luego se debe destruir por quedar obsoleta o ser insegura, surgen gravísimos problemas, como ocurre en Rusia. Se debe añadir que el futuro del mundo tiende a descentralizar los recursos. En cambio, la energía atómica requiere una fuerte centralización. Un país como Chile debería, en cambio, empeñarse activamente en otros frentes energéticos. A diferencia de otras naciones, es rico de fuentes alternativas: Sol, viento, geotermia, recursos hídricos y desechos agrícolas y forestales. Ciudades completas en Italia, Dinamarca y Suecia logran autoabastecerse usando esos sistemas alternativos.
El desarrollo de la energía solar efectúa pasos enormes cada año. El calentamiento del agua usando esta fuente no presenta hoy ningún problema. Hasta los campings en Grecia se abastecen durante todo el día de agua caliente. Las nuevas construcciones de Chile, en las regiones norte y central, deberían estar todas (por disposición legal) provistas de calentamiento solar del agua. Entre los grandes avances tecnológicos de nuestro tiempo se deben contar los paneles fotovoltaicos (o solares) que transforman la luz solar en corriente eléctrica. Bien se puede pensar que en 30 años los edificios estarán revestidos de estos paneles que permitirán la autonomía eléctrica.
source: LA NACION
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