
Moisés Naím, doctor por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), es uno de los analistas político-económicos con mayor prestigio en el mundo. El director de la revista Foreign Policy, que fuera director ejecutivo del Banco Mundial y ex ministro de Fomento de Venezuela, ha estado esta semana en Madrid. Con motivo de la presentación de su libro «Ilícito. Cómo traficantes, contrabandistas y piratas están cambiando el mundo», en una entrevista con ABC, aprovechó la ocasión para comentar algunos de los asuntos de actualidad que inundan la Prensa.
-¿Qué le llevó a escribir «Ilícito»?
-En Milán, a mediados de los 90, encontré un vendedor ambulante que, a dos manzanas de la tienda oficial de Prada, vendía a 50 dólares los bolsos que en las vitrinas valían casi 6.000. Me contó su historia y descubrí que era tan ilícito como esos bolsos que vendía. Era un joven camerunés cuyos padres habían pagado a unos traficantes para que le ayudaran a trabajar en un país desarrollado. Un esclavo trabajando en condiciones infrahumanas para pagar a los traficantes. Dos días después, encontré identica historia en Manhattan. El mismo bolso, en manos de un vendedor de Malawi, de la misma edad e ilegal. Empecé a desliar la madeja. ¿Cómo estarían conectados países, productos, y redes de traficantes? Interrelacionando, acabé examinando los cinco mercados ilegales de más volumen: narcóticos, armas, personas, falsificaciones y dinero.
-Y los gobiernos, ¿qué han hecho o hacen ante el creciente comercio ilícito en el mundo?
-Muy poco, si bien lo han intentado porque saben que existe. La sociedad es la que no lo sabe. Las administraciones públicas están también colonizadas por el tráfico ilícito. Las esclaviza y manipula hasta tal punto que es imposible que no estén involucradas.
-¿Y qué propone para solucionar este gravísimo problema?
-La sociedad no les está pidiendo a sus gobernantes que actúen de manera activa sobre el problema. Lo pide de manera fragmentada y ocasional. La solución podría venir por varios caminos. Primero, desfragmentando los gobiernos y, segundo, desahogarlos. En la mayoría de las administraciones un organismo se dedica a luchar contra las drogas, otro contra el tráfico de personas, otro contra el blanqueo de dinero, etc. Hay que procurar aunar esos esfuerzos bajo un mismo techo, y no prohibir las actividades ilícitas, sino reglamentarlas. Y con esto no digo que se legalice el tráfico de niños, órganos o de armas. Pero seguro que los gobiernos podrán dar mejor servicio a los ciudadanos si eliminan la prohibición, por ejemplo, de la marihuana.
-¿Y la sociedad?
-La gente debe concienciarse. Debe entender que cuando compra un producto falsificado de un vendedor ambulante, está tocando el final de una cadena que tiene unas 150 redes independientes. No existen multinacionales que coordinen el tráfico de drogas u otras actividades delictivas. Lo que existe son miles de empresarios ilícitos, corruptos y multimillonarios que están satisfaciendo un apetito inmenso por los productos. Porque hay millones de consumidores hambrientos por comprar y millones de empresarios dispuestos a vender.
-¿Se puede cuantificar el comercio ilegal en el mundo?
-En el libro trato de medir un fenómeno que es secreto y subterráneo. Sólo podemos obtener indicadores indirectos. Así, el valor anual de las falsificaciones oscila entre los 400.000 y 600.000 millones de dólares, cuando hace apenas 15 años era una industria casi inexistente. La venta ilícita de armas representa unos 10.000 millones de dólares. Aunque la cifra que más llama la atención es el blanqueo de dinero: desde 1990, la cantidad se ha multiplicado por diez, y hoy representa, según cálculos del FMI, entre 1 y 1,5 billones de dólares, frente a la cifra del comercio mundial legítimo en el mismo periodo, que se duplicó de unos cinco a diez billones.
-En su libro, habla de agujeros negros geopolíticos.
-Suelen ser zonas del mundo caracterizadas por la debilidad de su gobierno y donde los traficantes son el poder más importante, estando las administraciones a su merced. Venezuela, por ejemplo, es un paraíso para los traficantes. Es un país en el que el pasado fue mejor. Hoy allá hay involución económica y social. Es un maravilloso ejemplo de la maldición del petróleo. Éste termina siendo, para sistemas políticos poco maduros, una fuerte distorsión de pobreza y desigualdad, más que de prosperidad.
-¿Y los agujeros negros pueden aparecer también en países desarrollados como España?
-La Costa del Sol, a veces apodada como la «Costa del Crimen», es uno de los lugares preferidos por los traficantes -rusos, centroeuropeos, africanos, colombianos, mexicanos, venezolanos...- como centro de coordinación de sus operaciones. No se entenderían los escándalos inmobiliarios marbellíes si sólo se piensa en clave local o nacional. Hay que tener en cuenta las mafias internacionales que operan aquí.
ABC
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