VENEZUELA: El inmenso tesoro de la “faja petrolífera” del Orinoco


La zona, en el oriente del país, es en verdad tan promisoria que, según el presidente Hugo Chávez, contiene hasta 235.000 millones de barriles de petróleo recobrable. Si fuese cierto, Venezuela tendría más reservas que Arabia Saudita o Rusia; o sea, adquiriría enorme peso geopolítico, y no sólo en el Caribe.

Chevron Corporation, que opera en el oriente venezolano, lleva invertidos casi US$ 1.000 millones en lo que solía llamarse “carbón fangoso o líquido”. Su objeto es transformarlo en petróleo. Ahora, estas nuevas posibilidades llaman la atención en Washington.

“Sabemos que el Orinoco está subexplotado”, sostiene James Nelson, un geólogo californiano con veintisiete años de experiencia desarrollando crudos pesados. “Además, las reservas en Levante han pasado su punto medio y comienzan a bajar. Chávez no precisará poder militar, con semejantes perspectivas”. Le guste o no, George W. Bush y sus sucesores deberán resignarse a un caudillo cada día más fuerte en hidrocarburos.

Solventar desarrollo y populismo. Este tesoro, por cierto, puede darle a un gobierno de izquierda populista –denostado por Estados Unidos y sus aliados latinoamericanos– capacidad de financiar ambiciosos planes sociales (como hizo el libio Muammar Ghadafi durante años) y negociar duro con las multinacionales petroleras. La perspectiva asusta a Washington, y algunos de sus aliados como Colombia; sin contar a las empresas de energía.

Por ejemplo, el asunto compromete a Chevron, a quien se invitó hace diez años a desarrollar la faja del Orinoco, un área de 150.000 km2. No sería raro que la Casa Blanca se tentase con despertar un secular litigio entre Venezuela y Guayana, que cubre desde Delta Amacuro al oeste hasta el río Esequibo al este.

Con demanda de hidrocarburos en alza, abastecimiento en declive y precios astronómicos, Venezuela –como Bolivia– refleja la puja entre estado y sector privado transnacional sobre ganancias y regalías de yacimientos potenciales; tecnológicamente difíciles pero potencialmente lucrativos. Así ocurre también en la cuenca del Caspio, las tundras árticas y, posiblemente, el Atlántico sudoccidental, donde Gran Bretaña controla “bases” como Malvinas y Tristán de Acuña.

Posición envidiable. La posición de Chávez es por ahora envidiable y, hasta cierto punto, inatacable. Venezuela es ya el mayor exportador petrolero del hemisferio occidental y primer abastecedor de Estados Unidos, donde cumple a rajatabla todos sus compromisos.

El panorama es hoy tan atractivo que compañías de todo el planeta pujan por explorar y explotar más. Naturalmente, Caracas quiere su libra de carne y algo más. Esto puede perjudicar a las grandes que ya están ahí; por ejemplo, Chevron, Exxon Mobil, British Petroleum, ConocoPhillips y Total. Por de pronto, Chávez quiere llegar a US$ 8.000 millones adicionales en regalías.

En el Orinoco, el gobierno se apresta a tomar mayor participación en proyectos que, juntos, producen ya 600.000 barriles diarios. Lo hará vía Petróleos de Venezuela (Petroven) y “asociaciones estratégicas”. Así lo anticipó Mario Isea, jefe de la comisión parlamentaria de hidrocarburos.

En esta materia, señala, las empresas “han estado años sin pagar regalías y abonando impuestos generales, pero no específicamente petroleros”. Para Nelson, “ha llegado el momento de equilibrar cargas en favor de Venezuela, nos agrade Chávez o no”. Tampoco gustaban los autócratas árabes en los años 70 y, después, hasta el clan Bush haría jugosos negocios con los saudíes.

Una dependencia inevitable. El contexto general es preocupante, claro. Los altos valores de los hidrocarburos y la falta de nuevas reservas importantes en el mundo tornan la economía estadounidense muy vulnerable. Especialmente respecto de abastecimientos venezolanos. Esta situación desaconseja seguir hostigando políticamente a Hugo Chávez por vía directa o por intermedio de Colombia, Perú, o dirigentes conservadores de Latinoamérica.

Un estudio de la oficina federal de responsabilidad fiscal (GAO, agencia encargada de supervisar la ejecución presupuestaria) así lo afirmaba en junio. Su objeto era medir la vulnerabilidad de Estados Unidos ante presuntas interrupciones de suministros venezolanos, en el corto y el largo plazo. Así, estima que, si esa corriente se detiene seis meses, el precio de los crudos aumentará US$ 11 por barril y le costará al país unos US$ 23.000 millones.

No obstante, semejante perspectiva es poco probable. Amén de ser Washington el principal importador de hidrocarburos venezolanos, los petrodólares aportan la mitad de los ingresos genuinos que percibe Caracas. Por ende, ambos socios se necesitan y no pueden dejarse llevar por factores políticos ni por el humor de Bush o de Chávez. Por supuesto, este trabajo elevó las inquietudes en Washington acerca de la extrema dependencia de crudos importados, pues “si bien las compañías hacen pingües negocios, la seguridad nacional queda comprometida”.

El informe pone énfasis en el abastecimiento a largo plazo. Aunque cuenta con las mayores reservas ubicadas fuera de Rusia y Levante, la producción venezolana ha ido bajando de 3.100.000 a 2.600.000 barriles diarios, entre 2001 y 2005. Por su parte, Caracas tacha esas cifras de inexactas, afirma que extrae más y, aparte, el potencial en la faja del Orinoco puede dar vuelta el panorama. Por supuesto, el estudio de la GAO tiene un sesgo político: a su juicio, “las presiones de Chávez sobre empresas norteamericanas disminuyen su voluntad productiva”, un factor estadísticamente no cuantificable.

Mercados trastornados. Con o sin Venezuela, hay una crisis global de hidrocarburos y sus fundamentos no se limitan a vaivenes en la oferta y la demanda. Pero esos factores pesan. Así, en el quinquenio 2001-5, señala la Agencia Internacional de Energía, las necesidades chinas subieron a 2.030.000 barriles diarios y las de Estados Unidos a 1.120.000.

Después de la Segunda Guerra Mundial, las economías centrales contaban con fuentes estables de combustibles y energía para sostener el crecimiento en términos de producto bruto interno. Con el tiempo, Estados Unidos y la actual Unión Europea comenzaron a precisar más de cuanto podían producir. Por ende, desde los años 50 se lanzaron sobre los recursos baratos de economías subdesarrolladas.

Pero las dos crisis originadas en aumentos de precios dictados por las “siete hermanas”, vía los jeques árabes y la nueva Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP, 1973/5, 1979/81), empezaron a cambiar los ejes de poder. Hoy, los países productores saben que lo tienen, de sobra, para presionar sobre empresas y estados. El caso venezolano es emblemático, como lo es –en otro plano– el de Irán.

Todo cambia. En paralelo, desde 1990 el auge de enormes economías en desarrollo –China, India– y el peso energético de Rusia también están modificando el cuadro de situación. Por una parte, los exportadores tratan de no abusar de sus recursos; por la otra, China e India no podrán prescindir en mucho tiempo de los hidrocarburos ni del carbón.

Sin duda, las principales economías dependientes de crudos y gas natural están encontrando dificultades para adaptarse a las nuevas reglas de juego. A punto tal que, hace pocas semanas, un subcomité legislativo estadounidense convocó a audiencias públicas sobre cómo negociar “con estados que emplean el petróleo en calidad de arma estratégica”. Resulta irónico que, desde 1945, Estados Unidos aprovechase su poder militar de esa misma manera y ahora ya no pueda hacerlo (según demuestran fracasos como Vietnam, Somalía o Irak).

Algunos se desesperan más de lo prudente. Por ejemplo, Jan de Hoop, un holandés que es secretario de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. A fines de mayo, proponía “considerar el uso de la fuerza si las líneas de abastecimiento petrolero corriesen peligro”. Aludía, como vienen haciéndolo columnistas ligados al Pentágono, al poder naval.

source: Dinero

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