Despreocupación nuclear


Vuelve la energía nuclear. Hay una conexión entre la despreocupación atómica y el endeudamiento de las familias, porque también el segundo se dispara como si el Apocalipsis ya hubiera ocurrido, y no hubiera un mañana que avituallar. El sarcasmo de las guerras preventivas se intensifica, en una civilización ajena por completo a las repercusiones de su ritmo acelerado de respiración, o de combustión. Reina la absorción íntegra en el presente, complementada por un desinterés radical por el futuro del planeta, más allá del horizonte de sus actuales pobladores. Incluso las catástrofes ecológicas han tenido que adelantar el reloj, para lograr que la sociedad se sintiera afectada por su inminencia y esbozara una reacción.

Vivir al día ha sido la clave para liquidar el tabú nuclear, que se ha fundido como los reactores de Chernóbil. La vida media de los residuos mediáticos -cifrados en la conmemoración anual de la tragedia ucraniana y de Hiroshima- es mucho más breve que la eternidad aproximada de las basuras radiactivas generadas por la energía nuclear, y que sus entusiastas despachan como un ligero inconveniente a solventar. Esconden las cenizas a hurtadillas bajo la alfombra del planeta, consideran barata una hipoteca de siglos, con el guiño de que ninguno de los presentes tendrá que pagarla. El descuido atómico extrapola la destrucción deliberada y salvaje del paisaje. En ambos casos subyace la falta de respeto al futuro.

El resurgir nuclear se nutre de los argumentos más inesperados. Los promotores de las centrales de uranio se frotan las manos ante el desorden climático, que acarrea hacia su bando las denuncias al respecto de las multinacionales verdes. Al margen de los razonamientos en sí, sorprende la levedad de tonalidades hippies con la que se afronta la campaña. La apelación atómica no es el resultado de sacrificios o compromisos ideológicos. La publicidad se contagió de la potencia de los eslóganes del 68, y los utilizó para vender infaliblemente una lavadora. Hoy se promociona la fisión sin sordidez ni encubrimiento. Implícitamente, la energía nuclear se presenta como una fuente alternativa y ecológica, más limpia que los derivados del carbono.

El cambio de actitud frente a la energía nuclear procede del contagio del discurso de Bush/Cheney/Rumsfeld. Si la Junta de la Casa Blanca puede defender la tortura sin generar un rechazo intolerable en Occidente, la audiencia está preparada para desempolvar la ruptura del uranio. Felipe González recorre la senda franqueada por Washington, cuando canta las virtudes del átomo roto. Conviene recordar que Al Gore, el nuevo Moisés de la ecología, se opone frontalmente a las centrales atómicas. El político demócrata ironiza sobre los publicistas que consideran barata -menos de cuatro céntimos por kilovatio.hora- una energía con secuelas muy poco recomendables. La despreocupación ha llegado al extremo de que la promoción de las nucleares podría realizarse utilizando imágenes del desastre de Chernóbil, dos décadas después.

Sin confundir la energía y el armamento nuclear -en los extremos de la escala de enriquecimiento de uranio-, el auge de ambos corre en paralelo. Tras los desafíos de Irán y Corea del Norte, que el descrédito estadounidense le impide contrarrestar en condiciones, hasta medio centenar de países figuran en la listas de candidatos al club de la bomba atómica. Los científicos que crearon el ingenio propugnaban la difusión de la tecnología, para impedir una dictadura planetaria. Sin embargo, es imposible controlar las fuerzas que desencadenaron.

Máximo Cajal, asesor de Zapatero, fue vilipendiado por relativizar el ensanchamiento del club atómico. Sin embargo, Anthony Giddens, inventor de la tercera vía que ha tripulado Blair, manifestaba sin ambages que «los países que disponen del arma nuclear están en una contradicción, ¿con qué autoridad pueden decir a otros que no la tengan?» La trivialización de la energía del uranio viene propiciada por las limitaciones de las fuentes renovables -igualmente nocivas para el medio ambiente-, así como por la suciedad inherente a hidrocarburos y carbón. En medio del enérgico debate, ¿alguien pensó en moderar el contenido humano del planeta?
LevanteEMV

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