Los intentos de dominio extranjero sobre eléctricas españolas han suscitado reacciones «nacionalistas» y de defensa de la «españolidad» -caso de la actual opa de E.On sobre Endesa- que no se producen cuando la ofensiva del capital internacional se ceba en otros sectores.
Esa diferencia de criterio obedece a causas diversas. Una es la ausencia aún de reciprocidad y equivalencia en el grado de liberalización de sectores análogos en otros países. Empresas eléctricas que compran a compañías en España serían incomprables por el capital español. Es el caso de EDF o de EDP, aún dominadas por sus respectivos Estados.
Existe también una especial sensibilidad hacia el sector energético, considerado bajo el concepto de servicio básico, y al que se atribuye por ello una condición estratégica. Se trata, por añadidura, de una actividad regulada, y sobre la que por ello la Administración se reserva capacidad decisoria. La energía, además, forma parte de lo que los economistas denominan «sectores líderes», y a los que se atribuye un efecto de arrastre, lo que conecta muy bien con el temor secular a la «colonización» económica de caer en manos foráneas. Además, las eléctricas -al igual que los bancos, fuertemente interconectados con ellas a lo largo del siglo XX en España- han sido, en expresión de Albert Carreras, el «centro de gravedad del capitalismo español» y por ello la sensibilidad es mayor ante la eventual pérdida de su control. No casualmente fueron la banca (1995) y las eléctricas regionales (2001) los últimos baluartes que entregó la burguesía asturiana en su declive de poder. Y no por azar la nueva plutocracia española -las grandes constructoras- pretenden ahora ocupar el puesto que antes tuvieron los bancos en las eléctricas.


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