La petrolera española ha tenido unos meses muy duros, empezando por el recorte del 25% de las reservas en enero y siguiendo con la nacionalización de sus activos en Bolivia. Ahora es la tercera parte del tamaño de Eni, su rival italiana con quien estuvo contemplando en una ocasión una fusión entre iguales. También es la más barata de sus homólogas, según casi todas las mediciones realizadas.
En teoría, Repsol tiene dos opciones. Puede crecer o ser absorbida. Seguir el primer camino sería difícil. Crecer orgánicamente llevará tiempo y el éxito no está garantizado. La compañía tiene una mediocre trayectoria en exploración. Y el alto precio del petróleo, unido a lo baratas que están sus acciones, haría cualquier adquisición prohibitivamente cara, especialmente si se viera obligado a ofertar compitiendo con rivales más ricos. Por eso, si Repsol quiere hacerse mayor, lo que necesita es pensar en una fusión o una venta. Podría aumentar el valor de su cartera.
La teoría es que su arriesgada colección de activos de América Latina podría valer más para una compañía mayor, más diversificada. Y Repsol tiene algunos activos de refinería bastante atractivos que compañías como Eni, con menos exposición en esto podrían apreciar.
Por eso ¿por qué no han saltado sobre ella las petroleras importantes? Son bastante conservadoras y parece que hay por lo menos dos cosas que les desaniman. Una es que hay todavía alguna incertidumbre sobre la debacle de las reservas, pendiente de un informe que se presentará a finales de este mes. Cualquier depredador querría aclarar esto antes de lanzarse sobre la presa.
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