Las declaraciones que los responsables públicos, y los líderes empresariales también, han efectuado alrededor del debate surgido tras los últimos movimientos energéticos en España y en Europa son un ejemplo de doble lenguaje; un prodigio de acomodación de las ideas a los intereses y, si me permiten la expresión, un auténtico y redondo cachondeo.
Todos dicen lo que les conviene y les conviene lo que mejor se acomoda a sus respectivas ocupaciones actuales. Cuando éstas cambian, pues cambian el discurso y se quedan tan frescos. Ayer tuvimos dos buenos ejemplos de ello. De un lado, el presidente francés, Jacques Chirac, reunido con su correligionaria germana Angela Merkel, abogó ayer en Berlín por el desarrollo de una política energética europea. Eso está muy bien y cuadra con un líder como él, pero es un escarnio que lo diga pocos días después de que su Gobierno forzase la absorción de la 'privada' Suez por la 'pública' Gaz de France para evitar de esa forma que el grupo energético italiano Enel se lanzara sobre la primera de esas dos compañías.
Por su parte, nuestro vicepresidente Pedro Solbes estuvo en Bruselas, la capital comunitaria desde la que defendió con ahínco la unidad del mercado europeo cuando ejercía de Comisario de Asuntos Económicos.. Ahora defiende los famosos y gaseosos «intereses nacionales»; y por eso se limita a decir que «abrir el sector energético a la competencia, sin una armonización previa, crea más problemas de los que resuelve». Podría haber aprovechado la ocasión para exigir esa conveniente armonización previa, pero se le olvidó. Ahora, en cambio, le preocupan los problemas que crea y no los que resuelve.
Cuestión de puntos de vista; capacidad de aclimatación; función del color del cristal con que se mira; ejemplo de flexibilidad mental; adaptación al medio; cimbreo ideológico. Me rindo, no sé cómo definir el espectáculo.
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